1905

1905


Lenin escribió que la Revolución de Octubre de 1917 nunca habría tenido lugar sin la experiencia previa de la Comuna de París, la revolución de 1905 y la revolución de febrero de 1917. Todas estas revoluciones nos proporcionan un rico tesoro de experiencia y merecen ser estudiadas minuciosamente. El presente trabajo del gran revolucionario ruso León Trotsky, presidente del Sóviet de San Petersburgo en 1905 y uno de los principales actores de este tremendo drama histórico, es con mucho la obra más importante sobre la revolución rusa de 1905.

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Esta obra ha sido tomada de la edición del Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx y la Corriente Socialista El Militante (CMI Argentina).


Índice

Prólogo de Alan Woods

Primera parte

Prefacio a la edición rusa de 1922

Prefacio a la edición alemana de 1909

I. El desarrollo social de Rusia y el zarismo

II. El capitalismo ruso

III. El campesinado y la cuestión agraria

IV. Las fuerzas motrices de la revolución rusa

V. La ‘primavera’

VI. El 9 de enero

VII. La huelga de octubre

VIII. Formación del Sóviet de Diputados Obreros

IX. El 18 de octubre

X. El ministerio de Witte

XI. Los primeros días de “libertad”

XII. Los sicarios de Su Majestad

XIII. El asalto a las bastillas de la censura

XIV. La oposición y la revolución

XV. La huelga de noviembre

XVI. ¡Las ocho horas y un fusil!

XVII. El “mujik” se rebela

XVIII. La flota roja

XIX. En el umbral de la contrarrevolución

XX. Los últimos días del sóviet

XXI. Diciembre

XXII. Conclusiones

Segunda parte

Prefacio a la segunda parte

I. Proceso al Sóviet de Diputados Obreros

II. El sóviet y los tribunales

III. Mi discurso ante el tribunal

IV. Deportado

V. El regreso

Prólogo

LA REVOLUCIÓN RUSA DE 1905.
EL ENSAYO GENERAL DE OCTUBRE

Lenin escribió que la Revolución de Octubre de 1917 nunca habría tenido lugar sin la experiencia previa de la Comuna de París, la revolución de 1905 y la revolución de febrero de 1917. Todas esta revoluciones nos proporcionan un rico tesoro de experiencia y merecen ser estudiadas minuciosamente. El presente trabajo del gran revolucionario ruso León Trotsky, presidente del Sóviet de San Petersburgo en 1905 y uno de los principales actores de este tremendo drama histórico, es con mucho la obra más importante sobre la revolución rusa de 1905.

En mi libro Bolchevismo, el camino a la revolución escribía lo siguiente:

“( ) La primera revolución rusa se reveló a una escala épica. En ella participaron todas la capas del proletariado y el resto de capas oprimidas de la sociedad, pasando por todas las fases imaginables de lucha y utilizando todos los métodos de combate concebibles, desde las huelgas económicas a las peticiones a las autoridades, desde la huelga general política a las manifestaciones de masas. .. hasta la insurrección armada. La Revolución de 1905 ya reveló, aunque de una forma embrionaria, todos los procesos básicos que se repetirían, a una escala mayor, doce años más tarde. Fue un ensayo, sin el cual, habría sido imposible la victoria final del proletariado en octubre de 1917. Durante 1905, todas las ideas, todos los programas, partidos y dirigentes fueron sometidos a prueba. La experiencia de la primera revolución fue decisiva para la futura evolución de todas las tendencias de la socialdemocracia rusa.” (Alana Woods, Bolchevismo, el camino a la revolución, Madrid, Fundación Federico Engels, 1003, págs. 205-6)

El estudio de este período extraordinario tiene por lo tanto una gran importancia para todo aquel que desea comprender la dinámica de la revolución tanto en la particular como en lo general. Sobra decir que tal comprensión sólo es posible para aquellos que han comprendido a fondo el método del marxismo conocido como materialismo histórico.

El aspecto más llamativo de una revolución es la velocidad con la aprenden las masas. En general, la clase obrera no aprende de los libros sino de la vida misma. Los acontecimientos, especialmente los grandes acontecimientos, son necesarios para que las masas se liberen de la pesada carga de la tradición, el hábito, la rutina y para que abracen nuevas ideas. Esta es la posición adoptada por la concepción materialista de la historia, que fue expresada de manera brillante por Carlos Marx en la célebre frase: “el ser social determina la conciencia”. Los idealistas siempre ha presentado la conciencia como la fuerza motriz de todo progreso humano. Pero incluso el estudio más superficial de la historia demuestra que la conciencia humana siempre tienden a ir por detrás de los acontecimientos. Lejos de ser revolucionaria es profunda e innatamente conservadora.

A la mayoría de las personas no les gusta la idea del cambio y aún menos de una agitación violenta que transforme las condiciones existentes. Tienden a aferrarse a las ideas familiares, a las instituciones conocidas, a la moralidad tradicional y a la religión. Aquellos que hacen un llamamiento para cuestionar el orden existente nunca son populares entre sus contemporáneos. Carlos Marx, Sócrates, Jesucristo, Mahoma, Copérnico y Galileo, todos fueron rechazados y perseguidos, fueron considerados herejes, hasta que los acontecimientos posteriores demostraron los defectos del viejo orden que le llevan a un callejón sin salida y finalmente a su derrocamiento. Vemos gráficamente este proceso dialéctico en los acontecimientos de 1905, que fueron descritos por Lenin como el ensayo general para la Revolución de Octubre de 1917.

GUERRA Y REVOLUCIÓN

Los tormentosos acontecimientos de ese período estaban directamente relacionado con la guerra ruso-japonesa de 1905-6. Las ambiciones del zarismo ruso en Asia chocaban con el empuje hacia occidente del joven y vigoroso imperialismo japonés, que le llevaron a invadir Manchuria y topar con las fronteras de Rusia en el Lejano Oriente y Siberia. La guerra desenmascaró rápidamente la podredumbre interna del zarismo que sufrió una serie de derrotas humillantes que culminaron con la caída de Port Arthur. En este caso, no fue la primera vez ni será la última que la guerra actuó como catalizador de la revolución.

Los pacifistas siempre se lamentan de los males de la guerra. Desde el punto de vista del humanitarismo abstracto ninguna persona sana negaría que son la causa de un inmenso sufrimiento humano, muerte y destrucción. Las quejas lastimeras de los pacifistas (que existían ya incluso en la antigua Grecia) no parecen haber tenido un efecto destacable a la hora de cambiar la situación. Además, a menudo, aquellos que proclaman en voz más alta la causa de la paz, se convierten en los mayores belicistas. Sólo basta con citar en este contexto los nombres de George W. Bush y Tony Blair.

Tampoco todas las guerra tienen un carácter reaccionario. Pocas personas hoy pueden negar el significado progresista de la Guerra de Independencia Americana o la Guerra Civil Americana en los siglos XVIII y XIX, aunque muchos de los admiradores de estos sangrientos acontecimientos se nieguen a aceptar la validez de la Revolución Rusa y la Guerra Civil Rusa, o la guerra de liberación nacional contra el imperialismo estadounidense que llevaron a cabo los pueblos de Vietnam, Cuba o Iraq en nuestra época.

La guerra entre Rusia y Japón no tenía ningún contenido progresista, como todas las demás guerras luchadas entre las diferentes bandas de ladrones imperialistas para decidir quién tomará posesión de los mercados mundiales, de las materias primas y esferas de influencia. Pero las guerras, incluso cuando tienen un carácter reaccionario, sirven para descubrir de manera despiadada la debilidad del orden existente, saca al descubierto los fallos ocultos que están debajo de la superficie de la fibra social y hasta cierto punto, hace que las grandes masas entren en movimiento. Ese fue el caso de 1905, y de nuevo en 1917, cuando la guerra imperialista llevó a la mayor revolución social de la historia. Eso ocurrió en las etapas finales de la guerra de Vietnam y ocurrirá de nuevo en el caso de Iraq que, inevitablemente y en determinado momento, provocará además una explosión, no sólo en Europa, sino también en los propios Estados Unidos.

En las primeras etapas de la revolución rusa las masas mostraron una cierta ingenuidad. Era una fase inevitable que se repite en cada gran revolución. Lo vimos en las etapas iniciales de la Guerra Civil inglesa en el siglo XVII. En la Revolución Francesa de 1789-93. En la Revolución de Febrero de 1917. De nuevo en España en 1931 con la caída de la monarquía y la proclamación de la República. Y lo vemos ahora en Venezuela.

Una revolución hace que millones de personas inexpertas y sin formación política entren en la escena de la vida política activa. En realidad, la esencia de una revolución consiste precisamente en esta participación activa de las masas. En las primeras etapas sufren todo tipo de ilusiones; no saben exactamente dónde van y qué quieren, aunque ciertamente sí saben lo que no quieren. Es inevitable una cierta cantidad de confusión.

¿De dónde se supone que las masas consiguen la claridad? Las condiciones normales de los trabajadores en la sociedad capitalista les excluyen de la adquisición de las herramientas ideológicas necesarias para llevar a cabo la revolución.

¿De dónde se supone que las masas consiguen la claridad? Las condiciones normales de los trabajadores en la sociedad capitalista les excluyen de la adquisición de las herramientas ideológicas necesarias para llevar a cabo la revolución.

Las masas aprenden lentamente de los acontecimientos. Proceden de una manera empírica, a partir de una serie de aproximaciones sucesivas. Además, este proceso no sigue una línea recta: dos pasos adelante van acompañados de otro atrás. Este proceso concede grandes oportunidades a la tendencia más revolucionaria, que puede crecer rápidamente a condición de que sepa cómo combinar la audacia revolucionaria con la necesidad de la flexibilidad táctica y mantener en cada momento sus vínculos con las masas.

LA DEBILIDAD DEL PARTIDO

Las tareas del proletariado en la revolución habrían sido más fáciles de conseguir si hubiera existido un partido marxista revolucionario fuerte antes de enero de 1905. Pero no existía. El Partido Socialdemócrata Ruso (POSDR), que se basaba en el programa del marxismo, se había dividido sólo dos años antes, en su II Congreso. Las dos fracciones que surgieron de la escisión, los bolcheviques y los mencheviques, eran débiles en San Petersburgo. Sus vínculos con la clase obrera eran pequeños. Representaban sólo a una minoría de una minoría de los activistas, y casi completamente aislada. Esta situación no es desconocida en la historia del movimiento. En realidad es la normal. Como comentaba el viejo Engels al final de su vida: “Marx y yo siempre estuvimos en minoría y estábamos orgullos de estar en minoría”.

Las viejas historias estalinistas presentan una imagen del Partido Bolchevique al mando del timón y guiando cada una de las etapas de la revolución. La realidad es que el principio de la revolución encontró al partido en un estado lamentable. La lucha interna fraccional había paralizado sus actividades. Esto se reflejó en el número de panfletos bolcheviques publicados en San Petersburgo en 1904: 11 en todo el año, frente a los 55 de 1903 y a los 117 de 1905.

Con frecuencia ocurre que los trabajadores más avanzados políticamente se pueden divorciar de las masas y perder la confianza en ellas. Años de aislamiento, de defender posiciones revolucionarias y no obtener respuesta, de golpearse la cabeza contra un muro de ladrillos, puede provocar ambientes de escepticismo que pueden jugar un papel muy dañino cuando comienzan a cambiar las condiciones. Por eso ha ocurrido en más de una ocasión que los sectores más militantes y revolucionarios de los activistas han quedado por detrás de las masas, que han saltado sobre sus confiadas cabezas. Incluso es posible que los “revolucionarios” puedan transformarse en el momento crucial en una barrera conservadora en el camino de la clase.

Antes de los acontecimientos de enero, los dirigentes bolcheviques locales en San Petersburgo mostraron una actitud pesimista y una arraigada falta de confianza en los trabajadores. Los “hombres del comité” (y mujeres) mostraron sus quejas a Lenin. No veían ninguna prueba de la existencia de ambiente revolucionario entre las masas, sólo atraso e ignorancia. Como prueba de la desesperación de la situación citaron el hecho de que la aplastante mayoría de los trabajadores estaban apoyando al “sindicato” reaccionario creado por el padre Gapón con el apoyo del jefe de la policía zarista, Zubátov.

El menchevique S. Somov (I. A. Pushkin) describió así la situación de su organización de San Petersburgo a principios de año: “Surgió una imagen muy triste. Sólo se podían encontrar organizaciones que funcionasen bien en el sector Narva, con sus 30.000 trabajadores; toda la organización socialdemócrata consistía en seis o siete círculos de trabajadores de Putílov y de las plantas de Construcción de Automóviles y Ferrocarriles (de cinco a seis trabajadores en cada círculo) y el trabajo se realizaba de acuerdo con métodos anticuados, con largos cursos de economía política y cultura primaria. Había también una organización sectorial de representantes de los círculos, pero que era difícil determinar. La vida en la fábrica no encontraba en absoluto eco en los círculos. El difuso malestar que encontró una expresión en el poderoso desarrollo del movimiento de Gapón —en el cual se manifestaba claramente el ansia de las masas obreras de una organización más amplia y la unidad de clase— era ignorado como zubatovismo. Además, la mayoría de los trabajadores que pertenecían a nuestro círculo eran muy jóvenes, aprendices y sin influencia en su entorno fabril”.

Años después, tras la victoria de la Revolución de Octubre, cuando Lenin estaba intentando explicar a los cuadros jóvenes e inexpertos de la Internacional Comunista lo básico de las tácticas bolcheviques, citó el caso del sindicato de Gapon. En su clásico del marxismo, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, Lenin explicaba que los comunistas siempre deben hacer trabajo incluso en las organizaciones obreras más reaccionarias. Dijo que los bolcheviques habían trabajado incluso en los sindicatos policiales. Esta afirmación, que muchas personas no entienden, hace referencia al sindicato de Gapón, la llamada “Asamblea de Trabajadores de Fábricas y Talleres Rusos”.

En realidad, esto no es totalmente exacto. Los bolcheviques en San Petersburgo habían abandonado el trabajo en esta organización, a la que boicotearon basándose en que era un sindicato policial reaccionario. Así era, pero como explica Lenin, es necesario trabajar incluso en esa organización reaccionaria para arrancar a los trabajadores de la dirección. Si los bolcheviques petersburgueses hubieran seguido en serio este consejo habrían estado en una posición más fuerte cuando comenzó la revolución. Pero sufrieron de la conocida enfermedad de todos los ultraizquierdistas sectarios, que imaginan que todo lo que hace falta para construir un partido revolucionario de masas es proclamarlo. Desgraciadamente, toda la historia demuestra que la tarea es un poco más complicada que eso.

En La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo Lenin escribía: “Bajo el régimen zarista, hasta 1905, no tuvimos ninguna ‘posibilidad legal’; pero cuando el policía Zubátov organizó sus asambleas y asociaciones obreras ultrarreaccionarias con objetivo de cazar a los revolucionarios y luchar contra ellos, enviamos allí a miembros de nuestro partido (recuerdo entre ellos al camarada Bábushkin, destacado obrero petersburgués fusilado en 1906 por los generales zaristas), que establecieron contacto con la masa, consiguieron realizar su agitación y arrancar a los obreros de la influencia de los agentes de Zubátov” (Lenin, La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, Madrid, Fundación Federico Engels, 1998, pág. 62).

Respondiendo a los ultraizquierdistas escribía: “No actuar en el seno de los sindicatos reaccionarios, significa abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas a la influencia de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas u ‘obreros aburguesados’

Precisamente la absurda “teoría” de la no participación de los comunistas en los sindicatos reaccionarios demuestra con la mayor evidencia con qué ligereza estos comunistas “de izquierda” consideran la cuestión de la influencia sobre las “masas” y de qué modo abusan de su griterío acerca de las “masas”. Para saber ayudar a la “masa”, para adquirir su simpatía, su adhesión y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las zancadillas, los insultos, los ataques, las persecuciones de los “jefes” (que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o indirecta con al burguesía y la policía) y trabajar sin falta allí donde estén las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios, vencer los mayores obstáculos para entregarse a una propaganda y agitación sistemática, tenaz, perseverante, paciente, precisamente en las instituciones, sociedades, sindicatos, por reaccionarios que sean, donde se halle la masa proletaria o semiproletaria. Y los sindicatos y las cooperativas obreras (estas últimas, por lo menos, en algunos casos) son precisamente las organizaciones donde están las masas.” (Ibíd.)

Lenin señaló en más de una ocasión que la clase obrera siempre es más revolucionaria que el partido más revolucionario. Esta afirmación a primera vista no parece corresponder con los hechos, al menos en la víspera de la revolución de 1905. La gran mayoría de los trabajadores tenía una perspectiva conservadora. Eran aplastantemente religiosos y eso explica en parte su fe ilimitada en el padre Gapón. Bebían vodka. Muchos eran monárquicos que creían incuestionablemente en el zar. Cuando los bolcheviques se acercaban a los huelguistas con panfletos revolucionarios que agitaban a favor de la república democrática, a menudo se los rompían y algunas veces pegaban a quienes los distribuían. Todo esto se transformó en su contrario en el espacio de 24 horas.

Todos los esfuerzos de la policía y sus títeres sindicales para confinar el movimiento obrero en una camisa de fuerza de restricciones legales, estaban condenados al fracaso. La ascendente marea de descontento que afectó a todas las capas de la sociedad en el transcurso de la guerra ruso- japonesa, comenzó a afectar incluso al estrato más atrasado de la clase obrera. Hasta este momento, la oposición al zarismo provenía sólo de la intelectualidad liberal y de los estudiantes. Esto también es una ley. La intelectualidad no puede jugar un papel independiente en la revolución, pero sí es un barómetro sensible de las tensiones acumuladas dentro de los rincones profundos de la sociedad.

“El viento sopla primero en las copas de los árboles”. El fermento de la sociedad se reflejaba en la oposición existente entre los intelectuales. Las universidades se convirtieron en bastiones de la protesta revolucionaria y en determinado momento se abrieron a los trabajadores. Se convirtieron en el centro de acalorados debates de ideas y programas, una parte importante de la revolución que es descrita vivamente en este libro.

DOMINGO SANGRIENTO

La clase obrera de Rusia hizo su primera entrada decisiva en la escena de la historia en una procesión pacífica, con una petición al Zar y un sacerdote a la cabeza. En sus manos llevaban, no banderas rojas, sino iconos religiosos. El objetivo de la manifestación era hacer un llamamiento al zar, el batyushka (el “Padrecito”) para que mejorara sus intolerables condiciones de vida.

Estos trabajadores no entendían de política. Muchos de ellos apenas leían o escribían. Eran antiguos campesinos que acababan de emigrar a las ciudades en busca de una vida mejor, un fenómeno que es demasiado familiar para las masas de América Latina y que ahora se está reproduciendo a una escala mayor en las atestadas ciudades de China.

Este proceso de rápido desarrollo tuvo consecuencias muy revolucionarias. Arrancó a millones de personas de las condiciones del atraso rural que habían permanecido inalterables a lo largo de mil años. El capitalismo ruso destruyó la base social que, durante siglos, había proporcionado cierta estabilidad e identidad al campesinado ruso. Desarraigado de su entorno natural, el antiguo campesino fue lanzado al caldero hirviente de la vida fabril. Bajo el ojo vigilante del capataz aprendió disciplina y organización de fábrica. Aprendió a someterse a las reglas despiadadas de la producción en masa. Por lo tanto, aprendió a deshacerse de la antigua tradición campesina del individualismo y el egoísmo, las estrechas lealtades a la familia, la aldea y el clan. Comenzó a pensar por sí mismo como parte de una comunidad más amplia, la clase obrera, con lazos comunes de interés y solidaridad frente a los explotadores.

Pero esta conciencia de clase sólo tenía aún un carácter embrionario. El proletariado ruso todavía era una clase “en sí” pero no “para sí”. Para dar el salto cualitativo a la conciencia de clase revolucionaria, la clase obrera debía pasar a través de una escuela muy dura, un bautismo de fuego. Esto ocurrió el 9 de enero (en el viejo calendario prerrevolucionario) de 1905, conocido por la historia como el Domingo Sangriento.

La conciencia confusa de las masas se expresó claramente en su fervoroso apoyo al padre Grigori Gapón. Figuras como estas siempre surgen en el primer período de la revolución. Con su mezcla curiosa de militancia y religión, lucha de clases y monarquía, corresponden a los inicios, a la conciencia confusa de los millones que forman las capas más oprimidas de la sociedad que buscan a tientas una alternativa. Hijo de un campesino, expresó fielmente la lucha aún imprecisa de esta capa, donde el deseo de luchar por una vida mejor en este mundo todavía se entrelazaba con las ideas religiosas y la creencia en el zar.

La manifestación pacífica del 9 de enero se encontró con el saludo de las balas procedentes de las prietas filas de la policía y los soldados. Hombres, mujeres y niños desarmados fueron derribados sin piedad por los cosacos. Nadie sabe cuantos murieron, pero la cifra total probablemente no baje de los mil. Esta fue la obra del zar, que se ganó el apodo de Nicolás el Sangriento, pero que ahora es presentado a la opinión pública mundial como una especie de mártir santo de los despiadados bolcheviques.

Cada revolución se caracteriza por cambios luminosos en la psicología de las masas, donde las cosas se transforman en su contrario. La noche del Domingo Sangriento, los mismos trabajadores que anteriormente rompían los panfletos bolcheviques fueron a buscarles (sabían quienes eran) y les exhortaron con una apremiante reivindicación: “¡Dadnos armas!”.

Las personas pueden cambiar. Vemos esto en cada huelga, cuando trabajadores anteriormente atrasados y apáticos se convierten en los más militantes y enérgicos paladines de la huelga. Una revolución es como una huelga pero a una escala inmensamente mayor. El padre Gapón fue una figura accidental y contradictoria. Después de los acontecimientos del 9 de enero defendió la insurrección armada e incluso durante un tiempo se acercó a los bolcheviques.

LOS SÓVIETS Y LA HUELGA DE OCTUBRE

En los siguientes once meses la revolución se desarrolló a través de toda una serie de etapas. Nuevas capas de la clase entraban continuamente en la lucha. Los sóviets —esos maravillosos órganos de poder obrero— fueron creados por la clase obrera como órganos de lucha flexibles y democráticos. En su comienzo simplemente eran comités de huelga ampliados. Una vez más, los dirigentes bolcheviques locales no consiguieron comprender el significado de los sóviets. Mostraron la misma actitud sectaria que habían demostrado hacia el sindicato de Gapón. Se dirigieron al Sóviet de San Petersburgo con un ultimátum: o los trabajadores aceptan el programa y la política del partido o deberían disolverse. Como escribió Trotsky, los trabajadores presentes simplemente se encogieron de hombros y siguieron con el siguiente punto del orden del día, con lo cual, los bolcheviques abandonaron la reunión.

Desde el extranjero Lenin observaba la conducta de sus compañeros con una mezcla de frustración y consternación. A diferencia de ellos, comprendía muy bien el verdadero significado de los sóviets, a los que caracterizó correctamente como órganos embrionarios de poder obrero. Pidió a los bolcheviques que participaran en el movimiento real de las masas y finalmente corrigieron su error. Pero el daño ya estaba hecho. Los bolcheviques habían perdido mucho terreno debido a su sectarismo.

La figura clave en el Sóviet de San Petersburgo en 1905 fue sin duda León Trotsky, que en ese momento estaba fuera tanto de la fracción bolchevique como de la menchevique, pero políticamente estaba más próximo a la primera. En otoño la oleada revolucionaria había alcanzando su punto álgido con una avalancha de huelgas sin precedentes. Al frente del movimiento estaba el proletariado, manejando su arma de lucha clásica: la huelga general. “En su alcance y agudeza”, como recordaba más tarde Lenin, “la lucha huelguística no tenía paralelos en ninguna parte del mundo. La huelga económica se convirtió en huelga política y, más tarde, en insurrección”.

Durante la huelga general de octubre y el cierre empresarial de noviembre todos los ojos estaban puestos en el Sóviet de San Petersburgo. Aquí había un órgano de lucha extremadamente amplio y democrático.

En el transcurso de la lucha, los sóviets poco a poco aumentaron sus funciones y su representación. A través del sóviet los trabajadores hacían uso de la recién conquistada libertad de prensa con el simple trámite de tomar las imprentas. Obligaron a introducir la jornada laboral de ocho horas diarias e incluso instituyeron el control obrero de la producción en algunas fábricas. Formaron una milicia obrera e incluso arrestaron a oficiales de la policía poco populares. Además de otras numerosas tareas, el sóviet publicaba Izvestiya Sovieta Rabochikh Deputatov como su principal órgano público. A lo largo de estos dramáticos acontecimientos, el autor de la mayoría de las declaraciones y manifiestos del Sóviet de San Petersburgo fue Trotsky.

La descripción de la huelga de octubre, escrita por uno de sus dirigentes clave, constituye uno de los capítulos más importantes del libro. Mientras que en 1917 no hubo huelga general, en 1905 la huelga general fue una de las armas más importantes de la clase obrera. Fue el método a través del cual la revolución medía su propia fuerza, se organizaba y desorganizaba al enemigo, mientras que al mismo tiempo movilizaba en la lucha a nuevas capas de la clase obrera.

LA INSURRECCIÓN DE DICIEMBRE

La principal debilidad de la revolución de 1905 fue el hecho de que el movimiento de los trabajadores en las ciudades no recibió la ayuda del campesinado hasta que fue demasiado tarde. A finales de diciembre los trabajadores de San Petersburgo, que habían estado en una lucha continua desde enero, estaban agotados. Los trabajadores de Moscú ocupaban ahora la escena central. Se movieron en dirección a la insurrección armada, pero desgraciadamente, el proletariado de San Petersburgo ya no estaba en posición de llegar en su ayuda.

La derrota sangrienta de la insurrección de diciembre en Moscú marcó efectivamente el final de la marea revolucionaria en las ciudades. Pero la revolución continuó hasta extenderse más tarde en las aldeas. Hubo insurrecciones campesinas en todas partes, acompañadas con estallidos de guerra de guerrillas. Pero sin la victoria de los trabajadores en los centros urbanos, el movimiento campesino estaba condenado al fracaso. Conscientes finalmente de que ya no estaba en el orden del día, Lenin pidió detener las acciones guerrilleras y preparó al partido para enfrentarse a un período de reacción.

La derrota de la revolución de 1905 fue dura. Miles de revolucionarios fueron ejecutados, torturados, encarcelados y exiliados. El partido, que había crecido desde un puñado a una fuerza de masas de cientos de miles, de nuevo quedó reducido a una pequeña organización perseguida y clandestina. Hubo discusiones y escisiones. Lenin estaba en minoría de uno cuando se oponía a la política ultraizquierdista de los dirigentes bolcheviques que deseaban boicotear el parlamento y se negaban a hacer un trabajo legal en los sindicatos.

Tan desoladora era la situación que muchos jóvenes camaradas se suicidaron, creyendo que la revolución estaba condenada para siempre. Pero en 1911-12 la reacción había alcanzado sus límites y comenzó una nueva oleada revolucionaria. Fue en ese momento cuando Lenin y los bolcheviques ganaron la dirección de la clase obrera organizada en Rusia.

¿Cómo fue posible que Lenin y los bolcheviques salieran ilesos de esta terrible derrota? Napoleón dijo en una ocasión que los ejércitos derrotados aprenden bien. Lenin se negó a cambiar de rumbo ante la victoria temporal de la reacción. Defendió tercamente el programa fundamental, los métodos, las ideas y las tradiciones del marxismo en un contexto de revisionismo y apostasía. Incluso estaba dispuesto a romper con todos sus antiguos camaradas —personas como Bogdánov, Gorki y Lunacharski— para defender la filosofía marxista. Sólo de esta forma fue posible preservar el partido marxista y garantizar su victoria final.

En el último período hemos vivido un período de reacción —aunque nada comparado con la reacción de 1907-11—. En todas partes vemos la misma tendencia a la retirada, a abandonar las posiciones del marxismo y el leninismo. En todas partes vemos el mismo ambiente de escepticismo y cinismo entre los intelectuales de clase media, ex comunistas y ex militantes de izquierda. Nuestra respuesta es la misma que Lenin y Trotsky dieron en un período mucho más difícil. Estamos firmemente a favor de la defensa de las ideas, el programa y los métodos del marxismo, la única ideología socialista y científica. Los acontecimientos a escala mundial están demostrando que tenemos razón al hacerlo.

Dicen que la hora más oscura llega justo antes del amanecer. Debajo de la superficie de negra reacción, de guerras imperialistas y barbarie, están madurando nuevas fuerzas y haciéndose más fuertes según pasan los días. Se están preparando nuevos movimientos revolucionarios, como la revolución en Venezuela, y como ha ocurrido en cada una de las revoluciones anteriores, atravesará muchas fases, con muchas ideas confusas y contradicciones. Eso no es sorprendente. ¿Acaso la vida misma no está llena de contradicciones?

Sobre la base de su experiencia, las masas buscarán las ideas y el programa que más fielmente conecte con sus aspiraciones y deseos, el que más acertadamente exprese, no sólo lo que es, sino lo que debe ser. Sólo las ideas y el programa del marxismo revolucionario puede ofrecer a las masas el camino que están buscando.

En la lucha por la ideología revolucionaria, los maravillosos escritos de León Trotsky ocupan un lugar de honor. Y entre éstos, uno de los más importantes es 1905, por eso se lo recomiendo al lector con el mayor entusiasmo posible.

Alan Woods
Londres, 10 de abril de 2005

 

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