El Salvador

La revolución salvadoreña [1]

El Salvador: ¿Habrá una intervención norteamericana?
La lucha heroica contra la Junta en El Salvador ha captado la atención del movimiento obrero a nivel mundial, provocando un amplio movimiento de solidaridad. Cada obrero consciente, cada militante socialista o comunista, cada activista sindical, desea la derrota del régimen sangriento de El Salvador y la victoria de los obreros y campesinos de ese país.
La necesidad urgente del envío de todo tipo de ayuda material a los guerrilleros salvadoreños es más que evidente. Es una expresión de solidaridad elemental y debemos hacer todo lo posible para potenciarlo.
No obstante, la solidaridad no se acaba con las consideraciones prácticas, por muy importantes que sean. El movimiento revolucionario en El Salvador plantea una serie de cuestiones políticas de vital importancia, no sólo para los obreros y campesinos de ese país, sino para los movimientos de clase de toda América Latina.
Concretamente, a raíz de la reciente experiencia de Nicaragua y El Salvador se ha notado un cierto resurgimiento de las tendencias guerrilleras o terroristas en otros países de América Latina, inclusive Chile.
Sin dudar ni un momento de las intenciones honestas de estos compañeros, consideramos como un deber advertirles que las ideas y soluciones que propugnan (que por cierto, tuvieron unas consecuencias totalmente desastrosas en el último periodo) representan una interpretación radicalmente equivocada de las ideas y métodos del marxismo-leninismo y también de la experiencia de la revolución en América Central. Esta táctica, si se generaliza nuevamente en el continente Latinoamericano, no representará, como imaginan estos compañeros, un atajo hacia la revolución socialista, sino una receta acabada para una nueva serie de derrotas sangrientas.
Por esta razón, considero oportuno la elaboración de un análisis crítico del proceso revolucionario en El Salvador y, concretamente, de la teoría de la “guerra popular”.
Espero que este análisis sea una seria contribución al debate sobre la táctica y la estrategia de la revolución en América Latina.

Introducción histórica

El Salvador, al igual que los demás países de América Central, es una nación artificial. Bajo la corona española, Centroamérica fue gobernada como una sola nación y, en 1821, la independencia de Centroamérica también se logró como una sola nación.
A continuación se inicia el proceso de balcanización de Centroamérica, que queda dividida en cinco pequeñas repúblicas formadas bajo la dominación de la casta dominante de la aristocracia criolla. Esta división del cuerpo vivo de Centroamérica en una serie de países pequeños, más o menos inviables, es la condición previa para su subyugación por parte del imperialismo. La aspiración revolucionaria de los pueblos oprimidos de la zona por la reunificación y la creación de una gran nación Centroamericana corre como un hilo rojo por la historia de la lucha revolucionaria de América Central.
La interdependencia de la lucha revolucionaria en toda la zona es evidente hoy en los efectos que ha tenido la revolución Nicaragüense en El Salvador y en Guatemala. Con un ritmo más o menos acelerado, el proceso se extenderá tarde o temprano a Honduras, Costa Rica y Panamá. La teoría del dominó tiene una aplicación no sólo en Asia, sino también en América Central, uno de los puntos más vitales del imperialismo estadounidense. Desde el primer momento, por tanto, el destino de la revolución en El Salvador está íntimamente ligado a la revolución en América Central y en el resto del continente Latinoamericano, y a la situación de los propios Estados Unidos.
La importancia de América Central para los intereses económicos de los EE.UU. es evidente. Cuatro países de la zona (Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador) están en tercer lugar de América Latina en cuanto a exportaciones de azúcar y café; en segundo lugar en las exportaciones de carne y en primer lugar en las exportaciones de plátanos al mercado estadounidense. No obstante, sus poblaciones tienen el nivel de vida más bajo de América Latina.
La esperanza de vida en El Salvador es de 56 años; el analfabetismo es del 70 por ciento, el acceso a la enseñanza del 42 por ciento, la mortalidad infantil más de 100 sobre cada 1.000 nacimientos, y la malnutrición en niños menores de cinco años 70 por ciento.
La inestabilidad social y política de la zona está reflejada en una serie interminable de golpes de Estado, dictaduras militares e insurrecciones populares a lo largo de su historia.
La historia de El Salvador es particularmente sangrienta. Baste con recordar cómo el general Maximiliano Hernández Martínez llegó al poder después de una masacre de 30.000 campesinos en 1932.
La economía del país está  dominada por una oligarquía de 14 familias. El 10 por ciento de la población ostenta el 90 por ciento de la riqueza del país y el 2 por ciento tiene el 60 por ciento de la tierra cultivable. El 50 por ciento de la población estaba en paro incluso antes de la guerra civil y el 90 por ciento gana menos de 100 dólares al año.
Desde 1927, las “14 familias” dominan el país mediante dictaduras militares. Sin embargo, una de las características de la oligarquía salvadoreña ha sido la capacidad de combinar la represión más sangrienta con engaños, trucos y fraudes. Ha habido elecciones muchas veces en la historia de El Salvador, pero elecciones en las que los militares siempre anunciaron los resultados y en las que sus candidatos siempre ganaron, y en las que los dirigentes de la oposición se vieron obligados a huir al exilio.
La clase obrera salvadoreña tiene grandes tradiciones revolucionarias. Las primeras organizaciones obreras surgieron en la década de 1920, fruto del enorme impacto de la revolución Rusa. Con una huelga de zapateros en 1921 se inició una época de grandes huelgas y luchas obreras. Los primeros sindicatos permanentes se formaron en 1923 y tuvieron que luchar, desde el primer momento, contra la represión salvaje de la Guardia Nacional.
En 1931 la caída del precio del café provocó una oleada de agitación sindical en el campo. Unos 80.000 trabajadores del campo, fundamentalmente de las plantaciones del café, se organizaron en sindicatos militantes. La respuesta de la oligarquía a la oleada de huelgas y manifestaciones fue el golpe brutal de Hernández Martínez, el 2 de diciembre de 1931.
El intento del dirigente comunista Agustín Farabundo Martí de lanzar una insurrección heroica pero mal planificada y sin preceptivas claras, condujo a una terrible masacre en la que 30.000 campesinos fueron ejecutados en una guerra de exterminio contra los rebeldes.
No obstante, los obreros tuvieron su venganza en 1944, cuando una huelga general, que se convirtió en un levantamiento popular, puso fin a la dictadura de Hernández Martínez.
En los años anteriores a 1980, se notaba un nuevo e importante ascenso del movimiento obrero salvadoreño, con otra huelga general en 1968 que tuvo gran resonancia.
El enorme potencial del proletariado salvadoreño ha sido uno de los factores más importantes en la situación. Pese al carácter atrasado de la economía, en El Salvador existe una clase obrera importante. Un tercio del producto nacional bruto proviene de la industria, la minería y la construcción, en comparación con solo el 26 por ciento proveniente de la agricultura. Poco más de la mitad de la población activa se dedica a la agricultura. En otras palabras, el peso específico del proletariado salvadoreño es mucho mayor que el de la clase obrera Rusa en 1917.
El Salvador es un país mucho más industrializado que la mayoría de los países de la zona, con fábricas de algodón, conservas y bebidas, ladrillos, cemento, productos químicos, cuero, tabaco y calzado. Según las cifras oficiales, en 1968 había 34.712 obreros industriales. Pero esta cifra, además de incompleta, no da una idea exacta de la fuerza de la clase obrera salvadoreña. No obstante, a esta cifra hay que añadir los obreros del transporte, la construcción, la minería, el comercio y la pesca, además de una clase muy numerosa de artesanos y otros elementos semiproletarios que en un país como El Salvador juegan un papel muy importante en la economía y en la sociedad. Por otra parte, esta cifra excluye a los trabajadores del sector del café, uno de los sectores claves del país, que claramente forman parte de la clase obrera.
A principios de la década de 1970 hubo claros síntomas de reactivación del movimiento obrero, como la huelga en las fábricas de calzado más importantes del país. Las penosas condiciones de las masas del campo y la ciudad ayudan a aumentar la oposición al régimen. El creciente distanciamiento de la Iglesia Católica del gobierno, era otro síntoma del mismo proceso. Hubo discrepancias, cada vez más evidentes, en el seno de la propia clase dominante e, incluso, dentro de la casta militar. El sector más inteligente de la burguesía, representado por la Democracia Cristiana, abogaba por una reforma desde arriba para evitar una explosión revolucionaria por abajo.

Golpe de Estado
No obstante, el sector más reaccionario de la clase dominante, representado por el general Humberto Romero, se negó a aceptar la idea de cambio. El resultado fue un golpe de Estado en 1980 que contaba con el apoyo de Washington. Indudablemente, el triunfo de los sandinistas en Nicaragua fue el factor decisivo en estos acontecimientos. El imperialismo norteamericano apostó por la vía de una “reforma controlada” para evitar una repetición de la situación nicaragüense en El Salvador.
En el fondo de la crisis de El Salvador, como en los demás países de la zona, está la cuestión de la reforma agraria y las condiciones desastrosas del campesinado, tanto de los colonos como los peones. Por tanto, una de las cuestiones que más rápidamente se planteó fue la reforma agraria.
Esta fue un fraude siguiendo las mejores tradiciones de la clase dominante salvadoreña. Más de 500 hectáreas fueron expropiadas pero pagando enormes indemnizaciones a los hacendados. Las tierras más rentables de los cultivadores de café no fueron tocadas por esta “reforma” y, no obstante, la oligarquía se opuso rotundamente, presionando sobre el gobierno a través del sector más reaccionario de la casta militar, representado en la Junta por el coronel Gutiérrez.
La Junta revolucionaria, como se autodenominó el nuevo gobierno, disolvió el Congreso prometiendo nuevas elecciones. Suspendió el Tribunal Supremo y prometió una amnistía para los presos políticos y exiliados, y libertad para los partidos políticos.
No obstante, dentro de la Junta había elementos contradictorios. En teoría, era una coalición de socialdemócratas y burgueses liberales con representantes de las fuerzas armadas. En la práctica, se trataba de un gobierno suspendido en el aire, atrapado entre el movimiento revolucionario y de resistencia de las masas y el sabotaje de las “14 familias”.
La caída del odiado dictador Humberto Romero abrió las puertas al movimiento de las masas. Todo el descontento y frustraciones acumulados durante décadas surgieron a la superficie de la noche a la mañana. En este contexto de fermento social, los proyectos “reformistas” de la Junta estaban condenados al fracaso de antemano. Las contradicciones entre las clases eran demasiado fuertes, el abismo entre los ricos y los pobres demasiado profundo para permitir una solución a medias.
Las tensiones entre los coroneles Gutiérrez y Majano dentro de la Junta, reflejaban las divisiones en el seno de la clase dominante. Conscientes del peligro de una explosión social, los representantes del ala “progresista” de la burguesía, con Majano a la cabeza, abogaban por la inclusión de los partidos de la izquierda en el gobierno. Esto fue rechazado por la tendencia reaccionaria representada por Gutiérrez. La oligarquía y la casta militar se lanzaron a una contraofensiva desde la derecha. La reforma agraria sirvió como excusa para una nueva oleada de matanzas en el campo, llevadas a cabo por miembros de las Fuerzas Armadas y los pistoleros de la derecha.
La situación en estos momentos tenía un carácter claramente prerrevolucionario. El gobierno, acosado desde la derecha y la izquierda, estaba paralizado. La clase dominante estaba profundamente dividida y desmoralizada. Esta división en el seno de la clase dominante había afectado a las filas del ejército, donde un sector importante de los oficiales y suboficiales estaba enfrentado con la oligarquía y con la derecha. La clase media se había puesto en contra de la oligarquía. Las presiones de las masas provocaron una escisión en el seno de la democracia cristiana. Las masas de la clase obrera y el campesinado estaban claramente dispuestas a luchar por el poder. Incluso el imperialismo estadounidense estaba vacilando. El Secretario de Estado norteamericano, Cyrus Vance, aconsejó a los militares más reaccionarios a no llevar a cabo un golpe de Estado, no debido a los sentimientos humanitarios del Presidente Carter, sino por miedo a provocar un movimiento revolucionario de las masas.
En esta situación, una ofensiva revolucionaria del proletariado, movilizando al campesinado y a las masas del semiproletariado y de la pequeña burguesía para la toma de poder, indudablemente hubiera provocado una escisión en las filas del ejército, cuya cohesión interna estaba gravemente mermada, preparando el camino para la transición de los soldados y los oficiales más progresistas al lado de la clase obrera.
Nadie puede afirmar a estas alturas que la clase obrera salvadoreña no estaba dispuesta a luchar. En los meses posteriores al golpe, los obreros participaron en huelga general tras huelga general, pese a todas las dificultades y todos los peligros que esto suponía.
A lo largo de 1980, se dio una oleada de movilizaciones obreras sin precedente en la historia del país. En junio, por ejemplo, hubo una huelga general convocada por la Coordinadora Revolucionaria de las Masas que, a pesar de estar declarada ilegal por la Junta, logró el cierre de la mayoría de los negocios de la capital, los colegios y la administración.
La suma debilidad del gobierno en este momento se demostró en las concesiones que hizo al movimiento de las masas (por lo menos sobre el papel). Entre otras cosas, la Junta anunció la nacionalización de la banca, incluidos los bancos extranjeros y del crédito. Esta es una clara expresión del miedo y la desesperación de la clase dominante enfrentada al movimiento revolucionario de las masas. Una huelga general plantea la cuestión del poder “¿Quién es el amo de la casa, ustedes o nosotros?” Si los dirigentes del movimiento en El Salvador hubiesen vinculado la consigna de la huelga general con la idea de consejos obreros (soviets), generalizados y ampliados para incluir a los representantes elegidos de las amas de casa, los vecinos, los estudiantes, los campesinos y los soldados, el movimiento revolucionario podría haber adquirido una fuerza irresistible. La confrontación decisiva entre las fuerzas de la revolución y la contrarrevolución se hubiese dado en un momento totalmente favorable para la clase obrera.
De hecho, existían elementos de soviets en los comités vecinales y sindicales en El Salvador, potenciados por los distintos grupos de la izquierda. Pero estos comités no lograron convertirse en soviets por una razón. La casi totalidad de los grupos y partidos políticos con implantación de masas en El Salvador, bajo la influencia de las ideas castristas y el ejemplo de Nicaragua, habían optado por la táctica y estrategia guerrillera. Este hecho determinó su actitud hacia la clase obrera y el movimiento huelguístico, que consideraban fundamentalmente como un arma auxiliar de la guerra de guerrillas.
Aunque los distintos grupos guerrilleros tomaban parte activa en las huelgas generales, en ningún momento explicaban el papel protagonista de la clase obrera. En la práctica, las luchas heroicas de la clase obrera, fueron subordinadas a una ofensiva guerrillera. Hablaban de forma confusa de la creación de un “Estado popular”, pero como una perspectiva posterior a la victoria de la guerrilla.
Sin lugar a dudas, en una situación como la de El Salvador, las tendencias guerrilleras son el producto de décadas de la más brutal y feroz opresión. Sectores avanzados de la juventud sacan la conclusión de que la única posibilidad de luchar contra la oligarquía es cogiendo las armas y seguir el ejemplo de Cuba, Vietnam y Nicaragua.
Comparándola con la alternativa de un trabajo lento y laborioso de organización en las fábricas y barrios obreros, (formando cuadros obreros y agrupando a las fuerzas capaces de llevar a cabo la toma del poder en las ciudades, mediante el movimiento consciente del proletariado, agrupando a las masas del campesinado, el semiproletariado y la pequeña burguesía en torno al programa de la revolución socialista), la solución guerrillera parece más inmediata, más práctica y más rápida. No obstante, a veces, la búsqueda de atajos ha causado el naufragio del proceso revolucionario. Los obreros conscientes del mundo se solidarizan activamente con los luchadores heroicos de la guerrilla salvadoreña, y harán todo lo posible para facilitar su triunfo y la derrota de la Junta asesina. Pero esta solidaridad no puede, ni debe, servir como excusa para potenciar una imitación servil de los métodos guerrilleros en otros países, donde no tienen la más mínima justificación desde el punto de vista de las condiciones objetivas y de las necesidades de la clase obrera.
Era inevitable que las décadas de represión, asesinatos y torturas provocasen un deseo ardiente de venganza por parte de la juventud. Mucho antes del colapso de la dictadura de Humberto Romero, existían toda una serie de grupos guerrilleros, algunos con cierta implantación entre los obreros y campesinos. La razón principal de esta situación fue el vacío producido por la degeneración reformista del Partido Comunista de El Salvador (PCS), que no ofrecía una perspectiva revolucionaria a la juventud y a la clase obrera.
El carácter fraudulento de las elecciones en El Salvador fue puesto de manifiesto nuevamente en las elecciones generales de 1977, que fueron trucadas por el partido gubernamental, el Partido de Conciliación Nacional (PCN). La respuesta de la clase obrera fue una huelga general que fue reprimida con el asesinato de 80 obreros. En esta situación, y en la ausencia de una alternativa revolucionaria por parte de la dirección del partido “comunista”, las tendencias guerrilleras se multiplicaron por diez. Los secuestros y atentados contra los pistoleros y torturadores paramilitares de la Organización Democrática Nacionalista (ORDEN) aumentaron. Hubo algunas acciones espectaculares, como la ocupación de la Embajada de México en enero de 1979.
Indudablemente, estas acciones reflejaban las tensiones intolerables que existían a todos los niveles de la sociedad salvadoreña. Pero, de por sí, no eran capaces de representar un peligro serio para el régimen. El derrocamiento de Humberto Romero el 15 de octubre de 1979, no fue consecuencia de las acciones guerrilleras, sino de las presiones de Washington, que temía la extensión de la revolución nicaragüense a El Salvador si no se hacia un cambio desde arriba (Somoza había sido derrocado en julio del mismo año).
La oleada de radicalización que surgió y se intensificó rápidamente tras la caída de Humberto Romero ofrecía enormes posibilidades para un partido revolucionario basado en el proletariado. Las consignas de “consejos obreros” y “armamento general de la clase obrera” contra los ataques de las fuerzas de represión estaban al orden del día. Las acciones de la clase obrera demostraban un nivel de conciencia revolucionaria cada vez más alto.

Presión de las masas
Bajo la presión del movimiento irresistible de las masas, se produce la unificación de varios grupos de la oposición, a la que se suma el PCS en enero de 1980 (PCS, BPR, LP-28, FAPU). En un primer momento, se plantea un programa revolucionario basado en el derrocamiento de la Junta y la formación de “un gobierno revolucionario democrático, basado en la nacionalización de los medios de producción, la banca y el crédito, el comercio exterior, creación de un nuevo ejército y la investigación de los desaparecidos”.
Este programa, en líneas generales, respondía a las necesidades más urgentes de la situación. La economía estaba en ruinas. La oligarquía se estaba dedicando a una fuga masiva de capital. Sólo la toma del poder por parte del proletariado, aliado con las masas oprimidas del campo y de la ciudad, podía salvar la sociedad salvadoreña de la desintegración total.
Lo que faltaba era la organización y generalización de los organismos del poder obrero, los consejos obreros o soviets en torno al programa de la toma del poder. De hecho, en los barrios obreros y fábricas existían comités elegidos en la base, pero los dirigentes guerrilleros no se preocuparon de la tarea de la unificación de los mismos para formar los cimientos de un poder alternativo a la Junta.
Todo el poder decisorio, toda la iniciativa, quedaban en manos de los dirigentes guerrilleros que, en vez de basarse en el protagonismo de la clase obrera, trataban al movimiento obrero como un arma auxiliar de la táctica central de la guerrilla. En vez de organizar a la clase obrera para un asalto decisivo al poder, se dedicaron nuevamente a la táctica de ocupaciones de embajadas y ministerios, secuestros y tiroteos aislados.
La crisis de la Junta se concretó  rápidamente en una escisión en su seno. El 2 y 3 de enero, todos los civiles del gabinete dimitieron del gobierno. El 15 de enero se formó un nuevo gabinete con una mayoría de democristianos. El 24 de marzo, la contraofensiva de la reacción se expresa por el asesinato del arzobispo Romero, lo que profundiza la radicalización de las masas de la pequeña burguesía. El coronel Majano, acosado por el sector reaccionario del ejército, huye al extranjero.
En abril se forma el Frente Democrático Salvadoreño, organismo compuesto por los representantes de la burguesía “progresista” (el MNR), y la fracción “popular” de la Democracia Cristiana, incluida gente que había participado en el primer gobierno de la Junta. A continuación, estos sectores burgueses fueron incluidos en el Frente Democrático Revolucionario (FDR), que nombró al ex ministro Enrique Álvarez Córdova secretario general.
La formación de una alianza con estos burgueses liberales supuso un cambio drástico en el programa defendido por los partidos de izquierda. A la táctica guerrillera se añade un nuevo programa que no trasciende los límites de la sociedad burguesa. Antes se hablaba, de una forma confusa, de un “estado popular” que se establecería después de la victoria de la guerrilla. Ahora se plantea la formación de un gobierno revolucionario democrático representando una “amplia coalición de fuerzas”, con representantes nombrados por la organización guerrillera, el FMLN, y su expresión política, el FDR. En vez del programa anterior de la nacionalización de los medios de producción, el programa del gobierno revolucionario democrático consiste en: paz, soberanía nacional e independencia; una política exterior de no alineación; creación de un ejército basado en la fuerzas del FMLN y de “oficiales honrados y soldados del actual ejército”; representación democrática de “todos los sectores populares”, democráticos y revolucionarios que contribuyan al derrocamiento de la dictadura militar y “apoyo a todos los hombres de negocios privados que colaboran y promueven el desarrollo económico del país y el programa del gobierno revolucionario”.

Huelga general
El entusiasmo revolucionario de la clase obrera fue claramente puesto de manifiesto en la magnífica huelga general de 24-25 de junio. En los barrios obreros se formaron comités e incluso grupos de autodefensa. En las filas de las organizaciones guerrilleras indudablemente había muchos militantes que creían en la toma del poder por parte de la clase obrera.
Pero la clase obrera no es un grifo de agua que se puede abrir y cerrar al antojo de la dirección. La política confusa y vacilante de las direcciones guerrilleras, que intentaban combinar una estrategia revolucionaria con una táctica de maniobras con la burguesía por encima de la cabeza de la clase trabajadora, produjo confusión y desorientación.
En una situación revolucionaria, el ambiente entre las masas puede experimentar cambios bruscos y repentinos en muy poco tiempo. En los meses posteriores a la caída de Humberto Romero, prácticamente todos los sectores de la clase obrera habían participado en huelgas políticas: los profesores, empleados de los tribunales, ferroviarios, obreros portuarios, médicos… El alcance del movimiento huelguístico había superado ampliamente los límites de un movimiento meramente reivindicativo, convirtiéndose en un reto directo al gobierno. El desarrollo de las luchas obreras planteaba claramente la necesidad de una generalización y centralización de los comités representativos de todos los sectores en lucha y las organizaciones de autodefensa, como condición previa para la organización de una huelga general indefinida que se convirtiese en una insurrección armada y la toma del poder.
No obstante, tras meses de luchas parciales, sin una perspectiva clara para la toma del poder, se empiezan a detectar síntomas de cansancio por parte de los trabajadores.
El apoyo a la segunda huelga general, convocada por el FDR, para el 13-15 de agosto, tuvo mucha menos incidencia que la primera. El movimiento huelguista había superado la fase de huelga de protesta de uno o dos días. La amenaza de represalias por parte de la Junta y sus matones contra cualquier obrero que participara en huelgas políticas, indudablemente fue un factor importante en la mente de muchos obreros. Pero, precisamente por eso, una nueva huelga general de protesta, inevitablemente tendría menos éxito que una lucha abierta por el poder. El momento de acciones parciales había pasado ya a la historia. El problema de fondo era que los dirigentes guerrilleros no creían en la eficacia de la huelga general como instrumento para la toma del poder y ya se habían inclinado a favor de la estrategia de una “guerra popular”, estilo Nicaragua y Vietnam.
El día 16 de Agosto, los dirigentes del FDR afirmaron que la huelga había sido muy eficaz y que el pueblo había demostrado que “medidas insurreccionales aparecen cada día más factibles”. En la práctica, la Junta, interpretando la falta de respuesta a la huelga como un síntoma de debilidad, pasó a la ofensiva con la declaración del estado de emergencia el día 23 de Agosto, utilizando como pretexto la huelga política de 1.500 obreros de la red de electricidad, que produjo un apagón de 24 horas en la capital.
Un mínimo análisis de los acontecimientos desde la caída de Humberto Romero, en Octubre de 1979, hasta Septiembre de 1980 demuestra claramente cómo los dirigentes guerrilleros nunca habían concebido al movimiento obrero como protagonista de la insurrección, sino como un arma auxiliar de la guerrilla subordinada a la estrategia central de la “guerra popular” basada en el campo. La función de las huelgas no fue la preparación del proletariado para la toma del poder, sino la desorganización de la Junta. En una palabra actuaron como si la huelga general fuese simplemente una extensión de la “propaganda de los hechos” del periodo anterior.
La clase obrera no puede estar en una situación de ebullición permanente. Si el movimiento huelguístico no se convierte en un momento determinado en una huelga general indefinida y una lucha abierta por el poder, inevitablemente se produce un declive del movimiento, y la iniciativa pasa temporalmente a la reacción. Tras casi un año de luchas que no terminaron por encontrar una salida mediante una confrontación decisiva con la Junta, el movimiento en las ciudades se encontraba momentáneamente en un punto muerto. En ese momento, los dirigentes plantearon la idea (que nunca habían abandonado) de lanzar una “guerra popular” contra la Junta concentrando las fuerzas de la revolución en el campo.
Las perspectivas de estos dirigentes estaban basadas en una apreciación política y militar equivocadas.
A pesar de las declaraciones posteriormente realizadas por los portavoces del FDR, que daban a entender que la ofensiva guerrillera de finales de 1980 tenía unos objetivos relativamente modestos (establecimiento de una serie de “zonas liberadas” como bases guerrilleras en el campo), está claro que esperaban obtener una victoria más o menos rápida. Fermán Cienfuegos, dirigente de las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN), afirmaba que la ofensiva guerrillera contaba con suficientes fuerzas para imponer “una situación política y militar irreversible en El Salvador” antes de la confirmación de Reagan como presidente de los EE.UU., es decir, ¡antes del 20 de enero de 1981!
Los dirigentes guerrilleros tomaron como modelo las ideas de Castro, Mao y Giap, de conquistar las zonas rurales y después las ciudades. No obstante, si hay un país en toda América Latina menos indicado para una guerra de guerrillas, ese país es El Salvador. Aquí no hay grandes tramos de selvas como en Vietnam, ni una enorme superficie como en China. Los únicos países limítrofes son enemigos de la revolución y bases de la contrarrevolución: Guatemala en el norte y Honduras en el noreste. La densidad de población crea enormes dificultades para la aplicación de las teorías clásicas de la guerra de guerrillas. Siendo el país más pequeño de América Central, El Salvador tiene a la vez la mayor población por kilómetro cuadrado (307,5 habitantes por Km. cuadrado, según el censo de 1961).
Por todas estas razones, era más que evidente, que una guerra de guerrillas, de no tener un éxito inmediato, tendría un carácter particularmente sangriento con una enorme pérdida de vidas, suponiendo una auténtica sangría de las fuerzas más heroicas y abnegadas de la revolución.
La ofensiva guerrillera, aunque logró la liberación de una serie de provincias, fue muy costosa en vidas y no logró infligir una derrota decisiva a las fuerzas gubernamentales.

Guerra sangrienta
Desde aquel entonces, el conflicto de El Salvador se ha reducido a una guerra sangrienta. El ejército de la Junta está llevando a cabo una guerra de exterminio mediante las bandas de asesinos de los “escuadrones de la muerte” de la ORDEN. La aviación del gobierno está arrojando bombas compuestas por pesticidas, química defoliante y fósforo blanco, en una repetición diabólica de los métodos del imperialismo norteamericano en Vietnam.
La brutal represión desencadenada por la Junta indudablemente servía para aumentar el apoyo de los guerrilleros entre las masas, sobre todo del campesinado, victima principal de las masacres y torturas indiscriminadas.
Se trata de un conflicto de larga duración. Tras la derrota de la primera ofensiva, la guerrilla fue capaz de reanudar sus ataques a principios de Marzo de 1981, aunque en menor escala. La aviación y la artillería pesada de la Junta, no ha podido eliminar la guerrilla, que sigue controlando una serie de zonas del país en la provincia norteña de Morazán, en la provincia de Cabañas en el norte de Santa Ana en San Vicente, Usulután y en la zona de Guazapa, a 60 Km. de la capital.
Los EE.UU. han llevado a cabo un rearme total del ejército salvadoreño. No obstante, la campaña militar de la Junta no ha sido muy brillante, a pesar de la presencia de “asesores” norteamericanos. Los soldados de la Junta están desmoralizados. Según fuentes del FMLN-FDR, “tras tres días de combate, la moral y la combatividad de las fuerzas de la Junta tienden a deteriorarse rápidamente, lo que significa que las tienen que sustituir con nuevos soldados, más o menos semanalmente”. Este ejército es sólo eficaz en la masacre de civiles indefensos. Es una mezcla de soldados conscriptos, obligados a realizar servicio militar contra su voluntad, mercenarios y gángsteres.
No obstante, la Junta sigue controlando las ciudades y los puntos neurálgicos del país. Respaldada por EE.UU., la Junta puede durar mucho tiempo, con lo cual existe el peligro de un punto muerto en el conflicto, con un terrible derroche de vidas y una dislocación total de la vida económica y social del país. Ha habido ya más de 30.000 víctimas, la mayor parte de ellas a manos de la represión gubernamental.
Consciente del peligro, los representantes del FDR-FMLN han planteado la posibilidad de la mediación y de una solución negociada del conflicto. El problema es… negociación ¿en base a qué? Los militares no aceptan negociación alguna que implique el reconocimiento de la guerrilla como una fuerza política en igualdad de condiciones.
Como respuesta a la oferta de las negociaciones, la Junta sigue adelante con sus planes de elecciones en Marzo. Estas elecciones estarán abiertas también a elementos de la oposición. Sólo tendrán que entregar sus armas y pasar a la legalidad. En la situación actual, ¡esto significaría firmar su propia sentencia de muerte! Y para subrayar este hecho, la Junta ha publicado una lista de 138 traidores a la patria en la que figuran los nombres de todos los líderes del FDR.
Esta claro que estas llamadas negociaciones, en esta situación, carecen de sentido. La Junta ha publicado un documento supuestamente escrito por el FDR-FMLN en el que se dice que la oferta de mediación es una maniobra táctica para ganar tiempo y apoyo internacional. Esto es una posibilidad. Las condiciones de los guerrilleros para negociaciones son, entre otras, el cese de la represión, la derogación de las leyes de guerra, plena libertad de expresión y ¡la sustitución de los altos mandos del ejército! Mao Tse Tung también hizo ofertas por el estilo más de una vez durante la guerra civil en China como una maniobra para ganar tiempo y restar apoyo al enemigo. La maniobra de las elecciones de la Junta tiene el mismo sentido. Pero la cuestión ahora no es de elección sino del poder estatal.

“No quieren perder”
Sólo los EE.UU. podrían forzar una mediación. Pero Reagan sigue confiando en la posibilidad de una victoria militar de la Junta. Tras la pérdida de Nicaragua, no quiere perder El Salvador. Según un estudio realizado por Cynthia Anderson en 1981, la Junta había recibido 107 millones de dólares de EE.UU., comparados con sólo 9,8 millones de los dos años anteriores.
En ayuda militar, recibió  5,9 millones de dólares en 1980 y 35,4 millones en los primeros cuatro meses de 1981, además de 14 helicópteros Huey (la mayoría destruidos posteriormente por lo guerrilleros) y 56 asesores. No obstante, la auténtica cifra de ayuda es mucho mayor. Si incluimos el dinero que se da a El Salvador a través de los Bancos Internacionales de Washington, la cifra real es de 532 millones de dólares.
Sin este apoyo, el gobierno no sería capaz de continuar la guerra. Según el propio Napoleón Duarte, la guerra está costando 15 millones de dólares al mes. Además de las elevadísimas cifras de muertos y heridos, el propio gobierno reconoce que 157.000 personas han quedado sin hogar o se han visto forzadas a desplazarse a otras zonas. Otras 150.000 han huido al extranjero. En un pequeño país de casi cinco millones de habitantes, esto representa un enorme desplazamiento de la población.
Los efectos en el terreno económico han sido desastrosos:
“El producto interior bruto experimentó en 1980 un descenso superior al 10%, según datos del Ministerio de Planificación, situándose por debajo del nivel alcanzado en 1975. La renta per cápita apenas rebasó los 250 dólares. El director del Seguro Social afirma que al menos 34.000 trabajadores industriales de San Salvador (20% del censo sectorial) perdieron su puesto de trabajo como consecuencia del cierre de fábricas.” (Diario El País, 17/07/81, el énfasis es nuestro.)
Existe el peligro de un proceso de desintegración y atomización de la clase obrera y de una creciente lumpenización y desmoralización del proletariado, con consecuencias muy negativas para el futuro de la revolución socialista. La clase obrera ya no se ve como protagonista del proceso revolucionario, sino como objeto pasivo de fuerzas que se sitúan al margen de ella. Entre los obreros indudablemente habrá una enorme simpatía hacia los guerrilleros y un odio hacia la Junta, pero se trata de la relación entre una clase oprimida y un ejército de “salvadores”. Detrás de esto hay un sentimiento de impotencia y pasividad de cara a los opresores que antes no existía. Esto es la consecuencia directa de la teoría y la práctica de la “guerra revolucionaria prolongada”. La revolución socialista exige como condición previa el movimiento consciente de la clase obrera. Sin esto, una guerra revolucionaria con una base de masas en el campo (e indudablemente, la guerrilla salvadoreña goza de un apoyo masivo), incluso en caso de triunfar no podría conducir al socialismo, a pesar de las buenas intenciones, del heroísmo y la sinceridad de sus dirigentes.
Aislados de la clase obrera de las ciudades, los ex obreros, ex campesinos y ex estudiantes del ejército guerrillero, tendrán una tendencia a convertirse en elementos desclasados, bajo el control de una burocracia militar. Las exigencias de la guerra servirán para aumentar la tendencia hacia un sistema de mando burocrático. Esta es la experiencia de todos los movimientos guerrilleros en China, Cuba, Argelia, Yugoslavia… Cuanto más prolongado sea el conflicto, más profundas serán las tendencias burocráticas, que tendrán su efecto más negativo en caso de un triunfo de la guerrilla. “La tarea de la emancipación de la clase obrera es la tarea de la propia clase obrera”. Cualquier intento de sustituir el papel dirigente del proletariado por otras fuerzas sociales, inevitablemente resultará en la creación de una casta burocrática privilegiada desde el primer momento.

Un enorme paso adelante
La clase obrera de todo el mundo desea el triunfo de la guerrilla salvadoreña contra el régimen reaccionario y podrido de Napoleón Duarte. La victoria de la guerrilla supondría un enorme paso adelante y tendría repercusiones muy importantes en todos los demás países de la zona y en todo el continente latinoamericano. Bajo el capitalismo no hay ningún futuro para los pueblos de El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá…
La subida al poder del FMLN-FDR significaría el principio del fin del poder de los capitalistas y terratenientes salvadoreños. A pesar del carácter limitado del Frente, en la práctica será imposible mantener la revolución dentro de los límites del sistema capitalista. Un gobierno del FMLN-FDR tendría que nacionalizar los puntos claves de la economía o sufriría un fracaso total. La estupidez y miopía del imperialismo norteamericano, con su defensa a ultranza de la reacción en El Salvador, servirá para acelerar el proceso.
El imperialismo estadounidense está en dificultades. La oleada de chovinismo que acompañó el triunfo de Reagan se ha difuminado en la medida en que la clase obrera se ha dado cuenta de la consecuencia de su política económica, y la juventud ha comprendido el peligro de una intervención armada en América Central. Las protestas de determinados políticos burgueses contra la creciente participación de “asesores” norteamericanos en El Salvador refleja el miedo de un sector de la burguesía de un nuevo Vietnam en América Central.
Dada la desesperación de los estrategas de la burguesía en EE.UU., no se puede descartar la posibilidad de una aventura militar en América Central o el Caribe. Pero semejante aventura sería totalmente contraproducente, provocando una oleada de protestas en EE.UU. y radicalizando la oposición al gobierno Reagan. Por tanto, es posible que el Pentágono se limite a una presencia reducida de “asesores” y mercenarios, con una intervención indirecta a través de Honduras o, posiblemente, Venezuela.
En estos momentos, toda Centroamérica se ha convertido en un polvorín. El movimiento revolucionario de los obreros y campesinos puede sufrir éste u otro revés, pero después de cada derrota se levanta con más fuerza, al igual que el gigante de la mitología griega, que cada vez que era tirado al suelo sacaba nuevas fuerzas de su madre, la Tierra.
Las contradicciones del capitalismo en estos países no tienen solución. Hemos entrado definitivamente en un periodo de revolución en toda la zona. La revolución en Centroamérica triunfará bajo la forma de una revolución socialista, o no triunfará nunca.
A raíz de su experiencia, a veces dolorosa, la clase obrera de América Central comprenderá la necesidad de un programa marxista como la única manera de cambiar la sociedad. Aprenderá la necesidad de una política de total independencia de clase, rompiendo definitivamente con la burguesía llamada progresista para forjar la alianza de la clase obrera con todos los demás sectores oprimidos del campo y de la ciudad. Aprenderá también la futilidad de los métodos de terrorismo individual y la necesidad de confiar en sus propias fuerzas, su propia organización y su conciencia de clase.
Los obreros conscientes de El Salvador están luchando por el derrocamiento del régimen sangriento de Napoleón Duarte Gutiérrez. Ven con entusiasmo los éxitos de la guerrilla. Con todo su corazón desean la victoria del FMLN. Pero la clase obrera nunca puede renunciar a su misión histórica o entregársela a otras fuerzas sociales. Si la revolución se lleva a cabo por otros sectores que no sea el propio proletariado, este hecho necesariamente tendrá graves consecuencia de cara al futuro, como demuestra la experiencia de todos aquellos países donde la revolución ha sido producto de una guerra de guerrilla o llamada guerra popular.
El socialismo significa la participación consciente de la clase obrera a todos los niveles en la tarea de la trasformación de la sociedad. Significa el control democrático y la gestión de la clase obrera en todas las tareas del Estado, de la industria y de la sociedad. Significa la administración de toda la sociedad por medio de los consejos de obreros y campesinos pobres y la creación de una democracia obrera, como el Estado que existía en Rusia bajo Lenin y Trotsky.
Un Estado burocrático, dominado por una casta privilegiada, aunque esté basado en la nacionalización y planificación de las fuerzas productivas, nunca puede conducir al socialismo, e inevitablemente tenderá a degenerar en un sistema totalitario y una nueva esclavitud para la clase obrera, como vemos claramente en los países estalinistas de Europa del Este.

El programa del marxismo-leninismo
Para evitar la posibilidad de semejantes deformaciones del proceso revolucionario, la clase obrera, empezando por sus elementos más conscientes y revolucionarios, debe basarse en los principios y programa del marxismo-leninismo: las ideas elaboradas por Marx, Engels, Lenin y Trotsky, las únicas ideas capaces de conducir a la clase obrera a la transformación socialista de la sociedad y a una sociedad sin clases.
Una vez organizados y armados con el programa revolucionario del marxismo, los obreros y campesinos pobres de Centroamérica se convertirán en una fuerza invencible. La revolución se extenderá por toda la zona, imponiendo su lógica de hierro por encima de las fronteras artificiales establecidas por la oligarquía y el imperialismo para subyugar y esclavizar a los pueblos. Bajo el lema de la federación socialista de Centroamérica, la revolución tendrá hondas repercusiones en toda América Latina, preparando el terreno para el derrocamiento de las dictaduras policiaco-militares del Cono Sur y el inicio de un nuevo proceso revolucionario bajo la hegemonía del proletariado, cuyo objetivo sagrado es la total eliminación de la humillación de la dominación imperialista, mediante la creación de los Estados Socialistas Unidos de América Latina como paso previo para la creación de la Federación Socialista Mundial.

[1] Este artículo fue escrito el 25 de mayo de 1982 por Alan Woods y apareció publicado en Madrid bajo el título de: "El Salvador: ¿Habrá una intervención norteamericana?

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